Incluso instantes después de que se confirmó el duelo entre Inglaterra y Argentina, quedó claro que cada selección vivía el partido desde una perspectiva distinta.
La diferencia fue evidente. Mientras el técnico argentino, Lionel Scaloni, insistía en que "esto es un partido de fútbol, y nada más", en el vestuario sus jugadores cantaban sobre ganar "por las Malvinas".
Algo similar ocurre con 'Muchachos', la canción que acompañó a la selección argentina durante el Mundial de 2022. En una de sus estrofas recuerda a "los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré".
"Se puede sentir", dijo Javier Zanetti en el documental de Diego Simeone sobre el duelo de octavos de final entre ambas selecciones en Francia 1998. El propio Simeone añadió que un Inglaterra-Argentina "no tiene nada que ver con el fútbol, pero tiene algo diferente".
Se trata de uno de los grandes clásicos de la Copa del Mundo, un partido con pocos comparables. Tal vez Brasil-Italia, por su tradición y su peso histórico, o Brasil-Argentina, aunque ese enfrentamiento es mucho más frecuente. Incluso Inglaterra-Alemania no genera la misma expectativa, ya que también puede darse en la Eurocopa.
Es difícil no ilusionarse con la semifinal del miércoles en Atlanta desde el punto de vista futbolístico, aunque buena parte de esa expectativa también proviene de todo lo que rodea a este enfrentamiento.
Si bien el origen de esta rivalidad está marcado por la historia, los propios partidos también construyeron su propio legado.
El duelo de cuartos de final del Mundial de 1986, disputado en el Estadio Azteca, sigue siendo para muchos el partido más emblemático en la historia de la Copa del Mundo.
Diego Huerta, ejecutivo del fútbol argentino que formó parte de la dirigencia de Racing durante el título de liga de 2019, describe aquel encuentro como "el partido más importante de mi vida, incluso por encima de las finales de la Copa del Mundo".
"Si Diego Maradona hubiera marcado esos goles contra Bélgica, no habría sido lo mismo", afirma.
Así como la figura de Maradona sigue marcando este enfrentamiento, muchos otros recuerdos del pasado también lo rodean.
Inglaterra ya volvió a jugar en el Estadio Azteca durante este torneo, lo que reavivó parte de esa historia. En ese mismo escenario, Jude Bellingham marcó dos goles.
El sábado, antes de que ambas selecciones aseguraran su lugar en las semifinales, murió Antonio Rattín. El exfutbolista fue uno de los protagonistas del polémico duelo de cuartos de final del Mundial de 1966, tras el cual el técnico inglés Alf Ramsey calificó a la selección argentina como "animales".
Esa misma noche, Diego Simeone y David Beckham, dos de los protagonistas del recordado cruce de Francia 1998, posaron abrazados para una fotografía. Sin embargo, otras tensiones que rodean este enfrentamiento no se han desvanecido; por el contrario, se han intensificado.
Las referencias a la guerra de las Malvinas de 1982 parecen ser hoy más frecuentes que en 1998. En parte, esto responde al impacto de las redes sociales y al auge de los nacionalismos, en un contexto de giro hacia la derecha en distintos países, incluido el gobierno del presidente argentino Javier Milei.
Tampoco pasa desapercibido que las islas hayan vuelto al centro del debate político al mismo tiempo que se prevé intensificar la exploración petrolera en la zona.
Para muchos futbolistas argentinos, sin embargo, este partido siempre ha tenido una carga mucho más profunda. El propio Diego Maradona explicó esa sensación en su libro Tocado por Dios, publicado en 1986.
"Fue una guerra en la que chicos de 17 años salieron a pelear con zapatillas Flecha, disparando perdigones contra los ingleses, que decidían cuántos jóvenes argentinos morirían y cuántos sobrevivirían… Los padres se lo contaron a sus hijos, y esos hijos se lo contarán a los suyos", escribió.
Hoy, esos hijos son quienes están en la cancha, con el recuerdo de los 649 argentinos muertos y los 1.082 heridos durante la guerra, la mayoría de ellos con escasa preparación militar.
El escritor irlandés Paul Howard describió el cementerio argentino en las islas como "uno de los lugares más tristes que se pueden visitar".
En medio de un paisaje desolado, las cruces de jóvenes soldados, algunos de apenas 17 años, están cubiertas con camisetas de la selección argentina, Boca Juniors y River Plate.
En ese sentido, esta rivalidad guarda ciertos paralelismos con la de Inglaterra y Alemania. Mientras que para muchos ingleses se trata, sobre todo, de un enfrentamiento futbolístico, para buena parte de los argentinos tiene una carga emocional mucho mayor.
Resulta llamativo que unas islas avistadas por el capitán inglés John Strong durante el primer desembarco registrado en 1690 se hayan convertido, siglos después, en el centro simbólico de uno de los duelos más intensos del fútbol mundial.
Maradona también recordó el impacto que sufrió la selección argentina que disputó el Mundial de 1982 al llegar a España y ver por primera vez imágenes sin censura de la guerra. "Era un montón de piernas y brazos", escribió.
Al mismo tiempo, expresó sentimientos más complejos. Cuestionó a los "militares hijos de puta", a quienes consideró "tan culpables" como Inglaterra por lo ocurrido. Aun así, reconoció que el partido de 1986 estaba marcado por un deseo de "venganza", como lo describió el relator Víctor Hugo Morales.
"Lo único que quería era honrar la memoria de los muertos", dijo Maradona. "Borrar a Inglaterra del mapa del fútbol mundial". También aseguró que sentía que estaba "obligándolos a rendirse".
Después de marcar dos de los goles más recordados en la historia de los Mundiales, Jorge Valdano los definió como "las dos caras de ser argentino". Maradona afirmó que, con esa actuación, esperaba ofrecerles "algo de consuelo" a las familias de los caídos. "Y nadie más, absolutamente nadie, iba a poder hacer eso", sostuvo.
En contraste, Glenn Hoddle escribió en su autobiografía que Argentina afrontaba estos partidos con "un matiz emocional adicional".
"Eran capaces de conectar con algo mucho más visceral. Nosotros no podíamos convencernos de sentir lo mismo", señaló.
Incluso la célebre explicación de Maradona sobre la "Mano de Dios" estuvo influida, según él, por ese contexto emocional.
Maradona también recordó el difícil momento que vivió al explicar el gol en la conferencia de prensa posterior al partido. Dijo que, en ese instante, pensó en "todos los chicos que habían muerto".
"Me emocioné muchísimo y pensé que la 'Mano de Dios' me había ayudado a marcar. Sentí que Dios también estaba pensando en todos esos chicos masacrados en Malvinas y que, por eso, ese gol había sido posible", escribió.
Con el paso del tiempo, la propia naturaleza de aquel gol con la mano terminó por intensificar aún más la rivalidad, ya que dio a Inglaterra un motivo adicional de resentimiento.
Paradójicamente, Maradona sostenía que Argentina admiraba a Inglaterra por considerar que sus futbolistas eran "más nobles y honestos en la cancha". Incluso describió el partido de 1986 como "un partido de caballeros", en el que, "después de una patada, los ingleses te tendían la mano para ayudarte a levantar".
Esa rivalidad también está marcada por una relación compleja. Algunos sectores de la sociedad argentina mantienen una fuerte admiración por la cultura británica, algo que incluso se refleja en los cánticos de las tribunas con melodías de Oasis.
La historia poscolonial del país alimentó durante años la idea de que Argentina era la nación latinoamericana "más europea", con Inglaterra como uno de sus principales referentes. Al mismo tiempo, esa percepción contribuyó a cierto sentimiento de superioridad que explica por qué algunos países vecinos apoyarán a Inglaterra en la semifinal.
En ese contexto, las declaraciones de Alf Ramsey, quien calificó a los argentinos como "animales" tras el partido de 1966, resultaron especialmente ofensivas. En su libro World Cups, Mark Biram sostiene que esas palabras proyectaron "una larga sombra colonial sobre un momento que ya estaba cargado de significado político".
Por su parte, Inglaterra también enfrentó una selección argentina mucho más combativa, influida por el regreso del país a la escena internacional después de años de aislamiento futbolístico. Para los argentinos, el duelo con Inglaterra era el partido que llevaban mucho tiempo esperando.
Antonio Rattín fue uno de los protagonistas de aquel encuentro de 1966. El partido estuvo marcado por un juego áspero, con golpes, tirones de cabello, piquetes de ojos y constantes provocaciones. Según recordó Nobby Stiles en el libro Answered Prayers, de Duncan Hamilton, tanto algunos jugadores ingleses como el propio Ramsey fueron escupidos por rivales argentinos.
Después del partido, el árbitro Rudolf Kreitlein fue sujetado por el cuello y alguien lanzó una silla contra la puerta del vestuario de Inglaterra para provocar un enfrentamiento. Como nadie abrió, la puerta terminó siendo orinada.
Ramsey también protagonizó otro episodio recordado al impedir que George Cohen intercambiara la camiseta con un jugador argentino. Sin embargo, Rattín siempre sostuvo que "todo estaba planeado de antemano". Según él, el conflicto comenzó por un malentendido, ya que no entendió la advertencia inicial del árbitro Kreitlein.
Parte de ese espíritu competitivo volvió a aparecer en el Mundial de Francia 1998, cuando Diego Simeone provocó a David Beckham en los octavos de final. El inglés reaccionó y fue expulsado.
"Los argentinos siempre fueron buenos para eso", dice David Beckham en el documental de Diego Simeone, en referencia a la jugada que derivó en su expulsión y en la que, según él, también le tiraron del cabello. Simeone solo sonríe.
Una vez más, la intensidad emocional convirtió el partido en un gran espectáculo y dio lugar a otro duelo inolvidable, casi tan dramático como el de 1986.
Después del brillante gol de Michael Owen y de la jugada a balón parado que Javier Zanetti convirtió en el empate 2-2, el pase se definió en la tanda de penales.
Cuatro años después, la historia dio un giro en el partido de la fase de grupos del Mundial de 2002. Inglaterra ganó gracias a un penal convertido por Beckham, sancionado tras una falta sobre Owen que en Argentina fue considerada una simulación. Los medios argentinos reaccionaron con ironía y felicitaron a los ingleses por haber "aprendido por fin".
Y ahora, por fin, ambas selecciones vuelven a cruzarse en un Mundial, esta vez con un lugar en la final en juego.
Todo ese contexto también se refleja en el ambiente que rodea al partido. En Estados Unidos, aficionados argentinos celebraron los goles de Inglaterra contra Noruega porque querían enfrentarla en semifinales. Antes habían entonado el cántico: "El que no salta es inglés". El delantero José López, por su parte, aseguró que el equipo saldrá a "dejar la vida en la cancha".
Diego Huerta lleva esa idea un paso más allá. "Si me dijeran: 'Le ganas a Inglaterra y pierdes la final contra Francia', firmo ahora mismo", afirma.
Con todo ese trasfondo, resulta inevitable recordar la reflexión de Glenn Hoddle sobre si Inglaterra puede conectar con "algo más profundo".
Argentina juega con una carga emocional evidente. Inglaterra, en cambio, llega impulsada por la posibilidad de disputar su primera final de un Mundial en 60 años.
Al final, como dijo Lionel Scaloni, es "un partido de fútbol". Pero también es mucho más que eso.
Traducción de Leticia Zampedri